Las negociaciones para un posible alto el fuego entre Estados Unidos e Irán están programadas para iniciarse en Islamabad, Pakistán, este viernes. Sin embargo, el diálogo se encuentra inmerso en una atmósfera de gran confusión y declaraciones contradictorias por parte del presidente estadounidense, Donald Trump, generando incertidumbre sobre el verdadero punto de partida.
Inicialmente, Trump pareció dar luz verde al plan iraní de diez puntos como una base aceptable para las discusiones. No obstante, en un giro característico, horas después retractó sus palabras a través de su red social, Truth. El mandatario insistió en que no aceptaría varias de las demandas de Teherán, mencionando específicamente el enriquecimiento de uranio, y reintrodujo un plan de quince exigencias previas de Washington, que Irán ya había rechazado.
La situación se complicó aún más cuando la portavoz de Trump, Karoline Leavitt, afirmó que el plan iraní aceptado como viable por el presidente era una versión consensuada y no el documento original divulgado por Teherán. Leavitt calificó la propuesta inicial de Irán como “poco seria e inaceptable”, sugiriendo que Teherán, bajo la presión militar, presentó un plan “más razonable y completamente diferente”.
Entre las demandas clave de Washington que chocan con las “líneas rojas” de Irán, se destacan la prohibición de enriquecer uranio, la limitación del arsenal de misiles iraníes y el cese del apoyo a sus aliados regionales como Hezbolá. Asimismo, Washington busca la reapertura sin condiciones del estratégico estrecho de Ormuz.
Por su parte, Irán, en un comunicado triunfalista, se posicionó como vencedor del conflicto, dando por hecho que las negociaciones en Islamabad se basarían exclusivamente en sus diez requisitos. Aunque el texto completo no se ha divulgado, se mencionan puntos cruciales como un compromiso de no agresión militar, el cese de la guerra en todos los frentes y la retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de la región.
Un elemento central del plan iraní es el control permanente y coordinado de sus Fuerzas Armadas sobre el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, una arteria vital por donde transita una quinta parte del petróleo mundial. Este control podría incluir el cobro de un peaje a los buques, una medida que Teherán podría presentar como compensación por los daños sufridos durante el conflicto.
Analistas como Trita Parsi señalan que, a pesar de las inconsistencias de Trump, el simple hecho de que el marco propuesto por Irán fuera considerado una base para las negociaciones ya representa una significativa victoria diplomática para Teherán. Esto, junto con la aparente aquiescencia de Washington al control iraní sobre Ormuz, sugiere un reconocimiento tácito de su autoridad sobre el estrecho.
Expertos del Quincy Institute, como Eldar Mamedov, interpretan esta situación como un “fracaso estratégico” para Washington, indicando que la guerra, lejos de debilitar al régimen iraní, podría terminar fortaleciéndolo, al permitirle consolidar su poder y restablecer su capacidad de disuasión.
Además de las demandas ya mencionadas, el plan iraní busca la rehabilitación financiera del país, incluyendo el levantamiento de todas las sanciones “primarias y secundarias” que pesan sobre la nación. También exige la anulación de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y del Organismo Internacional de la Energía Atómica en su contra, lo que representaría un giro radical en su posición internacional.
Con un plazo de dos semanas para las negociaciones, el riesgo de volver a la “casilla de salida” es alto si no se logran avances rápidos. La estrategia de Estados Unidos de “doblegar” a Irán ha sido un fracaso, y la guerra, en lugar de cumplir los objetivos de Washington, parece haber mermado su prestigio y la credibilidad de sus amenazas, según concluyen varios observadores internacionales.





