La aclamada escritora Isabel Allende ha presentado su más reciente obra, “La palabra mágica: Una vida escrita” (Random House), una propuesta que invita a explorar su visión íntima sobre la escritura, el transcurso del tiempo y el poder de los recuerdos. A sus 84 años, la infatigable autora chilena, residente en Estados Unidos, compartió detalles de su libro en una rueda de prensa virtual con periodistas de América Latina y España.
Allende describe el proceso de cada libro como “un viaje a la memoria y al alma”, un ejercicio de introspección constante que ha mantenido por medio siglo con una disciplina ritualística, iniciando cada 8 de enero. La madurez, según sus propias palabras, le ha brindado una “discreta felicidad” y una mayor aceptación de sus imperfecciones, aunque sin restarle pasión a su vida ni a su capacidad de enamorarse.
Durante la presentación, la autora de “La casa de los espíritus” reiteró su profunda conexión con la escritura, expresando que no le teme al dolor ni a la muerte, pero sí a la posibilidad de dejar de escribir. Su método se nutre de la intuición y de los vívidos recuerdos de seres queridos, permitiéndole habitar en “varios mundos paralelos” y tejer historias con una maestría única.
Allende enfatizó la importancia de la disciplina en cualquier empeño creativo, un valor que aprendió de su abuelo. Aconsejó a quienes desean escribir que no busquen “la gran novela latinoamericana” de inmediato, sino que se concentren en avanzar “página a página”. Para ella, las primeras semanas de cada libro son las más desafiantes, un período de depuración hasta que las imágenes y las ideas fluyen de forma orgánica, sin necesidad de un bosquejo previo.
En el encuentro con la prensa, la escritora también abordó la preocupación por la censura de libros, una situación que, según ella, se vive tanto en Chile como en Estados Unidos, afectando los contenidos educativos y marginando parte de la historia del país, especialmente en temas de racismo y luchas laborales. Reveló que algunos de sus propios títulos han sido prohibidos en ciertos estados.
La ficción y la realidad se entrelazan en la obra de Allende, influenciada por su infancia en la casa de sus abuelos, donde su abuela clarividente celebraba sesiones de espiritismo. Esta crianza moldeó su creencia en múltiples dimensiones y en la idea de que “todo puede pasar”. Aunque no ve fantasmas ni es supersticiosa, se rodea de las presencias de quienes ha amado y ya no están físicamente, integrándolos a su realidad y a sus personajes.
Reflexionando sobre cómo ha evolucionado su percepción de la memoria, Allende confiesa que con la edad los recuerdos más antiguos se vuelven más vívidos e intensos, a menudo con un toque de vergüenza por acciones pasadas. Sin embargo, cuenta con una ventaja invaluable: la correspondencia con su madre, 24.000 misivas organizadas cronológicamente que le permiten revivir emociones y hechos con gran precisión, sirviendo como una “memoria viva” que contrasta con la maleabilidad de la imaginación.
La relación de Isabel Allende con la escritura ha madurado desde los tiempos de “La casa de los espíritus”, una obra que nació, asegura, casi como un dictado y sin la noción de la industria literaria. Aunque conserva el mismo impulso e intuición, hoy es mucho más “severa” en la corrección y más consciente del mundo literario, optando por escribir solo sobre aquello que le importa genuinamente en el momento.
El título “La palabra mágica. Una vida escrita” no solo rinde homenaje a Augusto Monterroso, sino que también encapsula la esencia de la escritora: transformar el mundo en palabras para preservar la memoria, elevar la mente y entretener. La autora se despidió con la calidez que la caracteriza, invitando a sus lectores a sumergirse en los mundos paralelos que se asoman en cada página de su nuevo trabajo literario.





