El Estadio Azteca fue testigo de un momento histórico al albergar por tercera vez la inauguración de una Copa del Mundo. Entre caracoles ancestrales y miles de teléfonos celulares en alto, México dio inicio al Mundial 2026 con una ceremonia que fusionó la tradición con la modernidad digital, lejos de las inauguraciones de 1970 y 1986.
Esta edición tripartita, que México comparte con Estados Unidos y Canadá, subraya la evolución del fútbol mundial. Ya no es solo un evento deportivo organizado por alianzas locales, sino un colosal espectáculo global orquestado por la FIFA, cuyo alcance trasciende el campo de juego y se consolida como un imperio de entretenimiento y negocios.
Sin embargo, la grandiosidad del evento no opacó las voces de descontento. Fuera del imponente recinto, madres buscadoras, estudiantes y profesores de la CNTE se manifestaron, utilizando el escenario global para visibilizar sus causas y presionar por demandas sociales, en contraste con el mensaje de unidad que la FIFA busca proyectar.
Shakira cantando en la inauguración del Mundial 2026#MundialRTVE #FIFAWorldCup pic.twitter.com/N5TNcIY27Y
— sugar 🍃 (@sugarcriminal) June 11, 2026
Un espectáculo sin precedentes
La ceremonia de apertura se transformó en un despliegue de tecnología y arte. Desde el corazón del campo emergió un trofeo monumental de la FIFA, mientras las siglas del organismo coronaban la escena desde las alturas del estadio. Fue un concierto masivo que superó el concepto tradicional de bienvenida para un torneo deportivo.
La atmósfera se electrificó con la aparición de Maná, quienes con su rock icónico encendieron los ánimos. Posteriormente, Danny Ocean interpretó “Partidazo”, acompañado de bailarines con fusiones de vestuario prehispánico y pasos contemporáneos. Belinda hizo una efímera pero vibrante aparición, sumándose a la fiesta.
El clímax llegó con J Balvin, quien preparó el terreno para el momento estelar: Shakira. La superestrella colombiana, con su historial mundialista y proyección global, interpretó el tema oficial, consolidándose como la figura central de la jornada y revalidando su estatus como un icono de los mundiales.
La pasión mexicana inquebrantable
A pesar de que los precios de los boletos limitaron el acceso a muchos aficionados tradicionales, quienes lograron entrar se entregaron a la euforia. Con un mar de camisetas verdes y sombreros gigantes, revivieron la pasión de antaño, gritando y animando con la misma intensidad que en 1986 o 1970, aunque con la distracción constante de sus celulares grabando cada instante.
La entrada de la selección mexicana, liderada por Javier Aguirre, desató una oleada de fervor, haciendo olvidar a los aficionados la compleja relación de amor-odio con su equipo. Sin embargo, la cortesía como anfitriones flaqueó cuando la selección de Sudáfrica pisó el césped, siendo recibida con un estruendoso abucheo.
La euforia inicial, intensa pero breve, se disipó tan rápido como estalló la pirotecnia. La ceremonia, de poco más de veinte minutos, dejó a los presentes con un sabor agridulce, recordando que, aunque México es anfitrión de un puñado de partidos, su rol en el torneo global es, en gran medida, el de un espectador más allá de la inauguración.





